El día que se perdió el amor, de Javier Castillo

javiercastilloDe la mano de la lista de más vendidos de la FNAC, me ha llegado una primera línea gloriosa, a la altura del lugar de la Mancha de Cervantes, de las familias felices e infelices de Tolstoi o del peor y mejor de los tiempos de Dickens. Hela aquí, en pleno despliegue de toda su potencia poética:

Nueva York, 14 de diciembre de 2014

Eran las diez de la mañana del 14 de diciembre.

Ruego un minuto de meditación. Léase de nuevo la cita, muy despacio, saboreando cada sílaba. Désele vueltas en la mente y en la lengua.

Me entero, a poco de indagar, de que ésta es la segunda entrega de una trilogía, y corro raudo a buscar la primera línea de la novela anterior, que no decepciona:

24 de diciembre de 2013. Boston

Son las doce de la mañana del 24 de diciembre, falta un día para Navidad.

¡Falta un día para Navidad! ¡Ya sabía yo que eso de “24 de diciembre” me sonaba de algo!

Me he leído enteras las dos páginas que siguen a esas primeras líneas y me he encontrado uno de esos mundos pobres, implausibles y estrechos que suele encontrarse uno en las novelas inéditas o autopublicadas: personajes y diálogos que parecen sacados de un Mortadelo y Filemón sin humor, escenas que consiguen ser a un tiempo esterotípicas e implausibles, y la pobreza lingüística que por alguna razón acompaña siempre a la pobreza intelectual. Un muestra:

—¿Qué diablos le habéis puesto?

—Lo primero que hemos encontrado, jefe. Una camisa del agente Ramírez. Ya sabe, con la talla que tiene pensamos que la taparía entera. —Leonard sonrió.

—Consigue ropa de mujer. Un vestido, o una camiseta y unos jeans, pero no me jodáis vistiéndola así.

—Ahora mismo, inspector —dijo preocupado.

Etc.

Hay un aire reconocible en la literatura de las cloacas, en ese “lo peor de lo peor” que ni siquiera alcanza el grado de basura comercial y que suele quedarse a las puertas de la publicación. A mí me hacen pensar siempre en la habitación cerrada y pequeña de un chico adolescente: la falta de aire, el olor a fantasías febriles, a hormonas y semen seco.

Javier Castillo es uno de esos adolescentes y El día que se perdió el amor es una masturbación intelectual y pública. El sistema editorial español (corrupto, endogámico y corto de miras como el resto de nuestro capitalismo de amigotes) había funcionado por una vez y lo había condenado al anonimato. Pero Amazon le dio una plataforma, cien mil gilipollas lo auparon a la lista de más vendidos, y Suma de Letras (demostrando ser más de Sumas que de Letras) lo imprimió en papel.

El día que se perdió el amor es Internet demostrando su poder descomunal para los logros inanes o perversos.

Anuncios

Deja un comentario, si te atreves

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s